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Pergamino

“¿Quién me va a querer?”: la valentía del pergaminense Víctor Guerrini, el joven que quedó cuadripléjico y volvió a elegir la vida

#Pergamino | Un accidente en bicicleta lo dejó inmóvil a los 24 años, lo separó de su pareja y lo obligó a despedirse del futuro que había imaginado. Hoy, convertido en psicólogo, Víctor Guerrini reconstruye su historia con una convicción tan dura como luminosa: aceptar que la vida anterior ya no existe fue el primer paso para volver a vivir.

  • 17/01/2026 • 20:53
TN

TAPA DEL DÍA

El 3 de diciembre de 2017 no hubo explosiones ni sirenas que anticiparan el derrumbe. Solo un ruido seco, breve, definitivo. En una bicisenda de la Ciudad de Buenos Aires, las vértebras cervicales del pergaminense, Víctor Guerrini, crujieron y su mundo quedó en pausa. Tenía 24 años, vivía lejos de Pergamino, estudiaba Diseño de Imagen y Sonido y soñaba con un futuro que incluía Italia. Esa noche, volvía de trabajar en bicicleta. Llevaba casco, luces y cuidado. Aun así, la caída ocurrió.

Mientras los autos seguían su curso, Víctor entendió de inmediato que algo irreparable había pasado: no podía mover ninguna parte de su cuerpo. Fue entonces cuando apareció Carla, una médica embarazada que frenó su auto y se tiró al asfalto para acompañarlo. Él la miró con una lucidez brutal y le dijo una frase que quedó grabada para siempre: “Me cagué la vida, ¿no?”.

Victor explicó que necesita asistencia las 24 horas. Para bañarse, vestirse, e incluso sacarlo de la cama. (Foto: Juan Pablo Chaves / TN)

La llegada de su familia desde Pergamino marcó el inicio de un recorrido hospitalario lleno de incertidumbre. En el primer centro médico, el diagnóstico fue devastador. “Gracias a un amigo que me dijo ‘te tenés que ir de acá’, confié más en él que en todo el resto”, recordó Víctor. Así llegó al Hospital Italiano, donde encontró a Santiago, el cirujano que se convirtió en su última esperanza.

Nadie quería operarlo. El riesgo era extremo. Pero fue Víctor, desde la camilla, quien sostuvo al médico con una frase que hoy resume su carácter: “Hacé lo que tengas que hacer, tranquilo”. Durante la cirugía sufrió dos paros respiratorios. Se fue y volvió. El precio fue una cuadriplejia permanente.

El idioma de los párpados

Pasó 40 días en terapia intensiva, rodeado de sondas y monitores. No tenía voz. Su mundo se redujo a un cuaderno donde su novia y su hermano señalaban letras. Él guiñaba un ojo cuando acertaban. “Tenía frases armadas como ‘¿Dónde está mamá?’, pero también preguntaba si me estaban dando la pastilla para el pelo”, cuenta hoy, con una ironía que revela carácter.

El 24 de diciembre llegó un milagro mínimo y gigantesco: un kinesiólogo le colocó una válvula y Víctor pudo volver a hablar. No era su voz de antes, pero fue suficiente para regalarle a su familia una Navidad distinta: escucharlo otra vez.

Aceptar la cuadriplejia no fue un instante, sino un proceso que él define como “pagar un duelo en cuotas”. En una clínica de rehabilitación tuvo el quiebre definitivo. Se vio desde afuera, como si observara a un desconocido en silla de ruedas. “Le dije a mi hermano: ‘No hay reset’. No hay botón para volver atrás. Esa vida que planeé ya no existe más. Se murió”, recuerda.

El amor, el miedo y las nuevas pieles

Durante cuatro años, su novia estuvo a su lado. Fue sostén y refugio. En 2021, la relación terminó. “La discapacidad fue más fuerte. Ella se había enamorado de alguien que seguía estando en parte, pero en otra no”, explica sin rencor.

La separación abrió la puerta a los temores más profundos: “¿Quién me va a querer cuando vea mis piernas flacas? ¿Cuando sepa que necesito ayuda para ir al baño?”. Víctor describe ese tiempo como una nueva adolescencia: aprender a gustarse en un cuerpo desconocido para poder permitir que otro lo quiera.

La respuesta llegó. Volvió a enamorarse. Y con eso confirmó algo esencial: sí se podía.

Rearmar el sentido

Durante mucho tiempo creyó que su única tarea era recuperar un movimiento. Pero en 2019 entendió que la rehabilitación no podía ser el centro de todo. En plena pandemia, mientras el mundo se detenía, él avanzó: se volcó de lleno a Psicología. La virtualidad, que para muchos fue una barrera, para él fue una puerta.

Hoy atiende a 18 pacientes y da clases de italiano. Su rutina diaria exige asistencia permanente. Bañarse, vestirse, levantarse: todo requiere planificación. “Acepté que, aunque hiciera ocho horas de gimnasio, igual iba a necesitar ayuda. Entender eso me liberó tiempo para vivir”, afirma.

Víctor también se anima a hablar de lo que muchos callan. Desde su rol profesional y humano, aborda el tema del deseo de morir sin eufemismos. No romantiza, no esquiva. Haber estado al borde le dio una mirada distinta: elegir quedarse, incluso sin garantías, es su decisión cotidiana.

Hoy no hay botón de reset. Pero hay algo más poderoso: la voluntad de seguir escribiendo capítulos nuevos, aun cuando el pasado quedó definitivamente atrás.

Opinión pública: la historia de Víctor Guerrini interpela más allá de la discapacidad. Obliga a una sociedad acostumbrada a medir el valor en productividad y autonomía a mirar de frente una verdad incómoda: la dignidad no se pierde con el cuerpo, se sostiene con sentido. Su valentía no está en lo que superó, sino en lo que decidió aceptar para volver a vivir.

TAPA DEL DÍA

Fotos y video: Juan Pablo Chaves. - Edición: Belén Duré.

Video: Juan Pablo Chaves / TN VideoLab