Cientos de miles de fieles se preparan para llegar este jueves a la ciudad correntina de Mercedes, donde se celebrará una nueva conmemoración del Gauchito Gil, la figura de devoción popular más convocante de la Argentina. La fecha adquiere este año un significado especial: se inaugura oficialmente un santuario monumental, concebido para ordenar, contener y jerarquizar una manifestación religiosa que desborda fronteras geográficas, sociales y culturales. Antonio Mamerto Gil, gaucho rural, desertor de las guerras civiles y ejecutado sin juicio previo hacia 1870, se convirtió con el paso del tiempo en una figura central del imaginario popular. Su imagen —camisa celeste, vincha y pañuelo rojos, cruz de madera— se multiplica en rutas, barrios y viviendas humildes, señalizada por banderas rojas que flamean como marca identitaria de una fe que no necesita templos oficiales. La tradición oral sitúa su muerte en un espinillar cercano a Mercedes. Allí, según la leyenda, fue capturado por una partida militar, colgado de los pies y degollado. Antes de morir, le habría dicho a su verdugo: “La sangre de un inocente sanará a otro inocente”. La historia adquiere dimensión milagrosa cuando el hijo del militar, gravemente enfermo, se salva tras ser ungido con la sangre aún fresca de Gil. En gratitud, se erige una cruz en el lugar del martirio. Así nace el santuario. Desde entonces, la devoción no dejó de crecer. Primero entre los sectores más pobres, que veían en Gil a un protector que compartía con ellos lo obtenido de los poderosos. Luego, el culto se expandió a todas las clases sociales. Boxeadores campeones, excombatientes de Malvinas, novias, camioneros y familias enteras dejaron durante décadas ofrendas de todo tipo en agradecimiento por favores atribuidos a su intercesión. El crecimiento masivo también trajo tensiones. Denuncias por manejos irregulares, desorden comercial y episodios de violencia obligaron a una profunda intervención estatal. Se despejó el predio, se reubicaron los puestos y se inició la construcción de un nuevo complejo, inaugurado hace apenas tres meses. El flamante santuario ocupa 435 metros cuadrados y combina hormigón y vidrio en una estructura de diseño icónico, dominada por el color rojo. Incluye un amplio atrio de 12 metros para ceremonias masivas, un oratorio de recogimiento con iluminación cenital, áreas comerciales reguladas, camping y estacionamientos, con el objetivo de mejorar la seguridad y la circulación de los visitantes. La convocatoria trasciende a Corrientes. Peregrinos de todo el país, en especial del Gran Buenos Aires, y de países limítrofes llegan cada año para cumplir promesas, encender velas rojas y dejar ofrendas. La expansión del culto se explica, en parte, por la migración de correntinos durante las crisis económicas y por la adhesión de camioneros que difundieron la devoción a lo largo de las rutas argentinas. La Iglesia Católica mantiene una postura de acompañamiento sin reconocimiento formal. Se celebran misas y novenas, con la recomendación de centrar la fe en la cruz de Cristo y evitar prácticas ajenas a la espiritualidad cristiana. El propio papa Francisco, en su etapa como arzobispo de Buenos Aires, fue testigo directo de la fuerte presencia del Gauchito en villas y barrios populares. Poetas y sacerdotes como Julián Zini supieron interpretar este fenómeno, reivindicando a Gil como símbolo de justicia popular y resistencia frente a la desigualdad. A casi un siglo y medio de su muerte, su figura sigue generando una adhesión que no se explica solo desde la religión, sino también desde la historia social argentina. Opinión pública: la inauguración de este santuario no solo ordena una celebración multitudinaria; también expone una verdad incómoda y persistente: cuando las instituciones no logran dar respuestas, la fe popular construye sus propios símbolos. El Gauchito Gil, más allá de creencias y debates, expresa una demanda profunda de justicia, protección y esperanza que sigue vigente. www.tapadeldia.com