TAPA DEL DÍA Cuando la ciencia se queda sin respuestas, la fe suele ocupar ese vacío con una fuerza difícil de explicar. La historia de Mamá Antula, canonizada en 2024 por el papa Francisco, vuelve a poner en escena uno de esos episodios que desafiaron todo pronóstico médico y que fueron determinantes para que el Vaticano la elevara a los altares. Mamá Antula, nacida en Santiago del Estero en el siglo XVIII, no fue una figura de recogimiento silencioso. Caminó descalza miles de kilómetros en una Argentina colonial hostil, marcada por la expulsión de los jesuitas y por un contexto en el que las mujeres tenían un rol estrictamente limitado. Ella eligió otro camino: sostener la espiritualidad popular contra toda adversidad. Más de dos siglos después, su nombre volvió a resonar con fuerza a partir de un hecho ocurrido en 2017. Claudio Perusini, un hombre de Santa Fe, sufrió un accidente cerebrovascular isquémico severo. El diagnóstico médico fue contundente: daño cerebral irreversible, sin posibilidades de recuperación. La familia recibió un pronóstico devastador. Durante el estado de coma, un sacerdote cercano a la familia —Monseñor Ernesto Giobando, hoy obispo de Mar del Plata— llevó una estampita de Mamá Antula. Fue un gesto de acompañamiento y esperanza en medio de un escenario límite. La familia rezó sin expectativas clínicas, aferrada a la fe. Lo que ocurrió después sorprendió incluso a los profesionales de la salud. En pocos días, Claudio comenzó a recuperar funciones vitales. No solo sobrevivió, sino que logró una recuperación completa, sin secuelas. Los informes médicos no pudieron encontrar una explicación científica que justificara la evolución. El Vaticano analizó minuciosamente la documentación clínica, como exige el protocolo canónico. El caso fue evaluado por especialistas independientes que concluyeron que la recuperación no tenía explicación lógica desde la medicina. Ese hecho fue considerado un milagro. No fue el único antecedente. En 1904, Mamá Antula había sido vinculada a la curación inexplicable de la hermana Rosa Vanina, quien padecía una grave afección abdominal y había sido desahuciada. Ese episodio permitió su beatificación. El caso de Claudio fue el impulso definitivo que llevó a la canonización en 2024. Hoy, Claudio camina, habla y comparte su vida con su familia. Su testimonio se convirtió en una pieza central de esta historia. “Fue una segunda oportunidad”, suele decir, convencido de que no fue solo azar. La figura de Mamá Antula trasciende lo religioso. Representa la persistencia, la convicción y la capacidad de sostener esperanza incluso cuando todo parece perdido. Su historia, lejos de quedar en el pasado, sigue interpelando al presente. Opinión pública: En tiempos donde la incertidumbre domina y la confianza en las instituciones se erosiona, relatos como el de Mamá Antula no buscan reemplazar a la ciencia, sino recordar que para muchas personas la fe sigue siendo un motor poderoso cuando no quedan respuestas visibles. TAPA DEL DÍA