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Paro de la CGT: trabajadores desafían la falta de transporte y hacen malabares para no perder el salario diario

Sin trenes ni subtes y con un servicio reducido de colectivos, miles de empleados buscaron alternativas para llegar a sus puestos durante el paro general. Viajes compartidos, largas caminatas y gastos extras marcaron una jornada atravesada por una preocupación central: no perder el día de trabajo.

  • 19/02/2026 • 11:01

TAPA DEL DÍA

El paro general convocado por la Confederación General del Trabajo (CGT) volvió a exponer una realidad silenciosa pero contundente: miles de trabajadores decidieron presentarse igualmente en sus empleos pese a las dificultades extremas para trasladarse. Sin trenes, sin subtes y con solo algunas líneas de colectivos funcionando, la jornada estuvo marcada por improvisación, gastos imprevistos y largas horas de viaje.

Desde la madrugada, estaciones emblemáticas del Área Metropolitana mostraron una postal inusual. En Plaza Constitución, el movimiento fue mínimo y el silencio reemplazó al habitual flujo de pasajeros. Allí, quienes debían trasladarse intentaban reorganizar recorridos sobre la marcha, combinando colectivos disponibles, aplicaciones de transporte y trayectos a pie.

Mario, uno de los usuarios afectados, explicó que debió viajar al centro por un turno médico y enfrentó múltiples complicaciones para regresar. “Está complicado volver. No había colectivos y llegué tarde al hospital. Igual no me atendieron porque estaba cerrado”, relató, reflejando el impacto indirecto de la medida en servicios esenciales.

En distintas paradas de colectivos se repitió la misma escena: trabajadores calculando recorridos alternativos y compartiendo viajes para reducir costos. Dos empleados que aguardaban transporte encontraron una solución improvisada: viajar hasta Puente Saavedra y desde allí dividir el gasto de un auto de aplicación.

La decisión de salir a trabajar, coincidieron varios testimonios, estuvo atravesada por un factor determinante: el salario. “Si faltás, perdés el día. Ya veníamos de los feriados y no podíamos perder más plata. Son 60 mil pesos por jornada”, explicaron.

Una trabajadora del sistema de salud también resumió la incertidumbre del día. “Tengo que tomar el 60 pero ya sé que voy a llegar tarde. Si llego fuera de horario lo van a entender, pero si no trabajo me descuentan el día”, señaló mientras esperaba un colectivo que no tenía horario preciso de llegada.

Para muchos jóvenes empleados del sector gastronómico, la situación resultó aún más compleja. Un bartender de 23 años contó que, tras terminar su turno nocturno, debía regresar a Monte Grande afrontando costos elevados. “No puedo faltar. Pedir un auto me sale casi lo mismo que gano en el día, unos 30 mil pesos, pero perder el trabajo sería peor”, explicó.

En la estación de Lanús, prácticamente vacía, una madre soltera describió una rutina atravesada por el esfuerzo cotidiano. “Trabajo de lunes a sábado y llevo a mi hijo conmigo porque no tengo otra opción. El viaje en auto me costaba 10 mil pesos ida y vuelta y no me sirve porque gano 1400 pesos por hora”, relató mientras aguardaba el colectivo.

La medida de fuerza comenzó a regir desde la medianoche y contó con la adhesión de diversos sindicatos en rechazo al proyecto de reforma laboral que la Cámara de Diputados debatirá durante la tarde. Sin embargo, más allá del impacto político, la jornada dejó al descubierto una tensión creciente entre el derecho a la protesta y la necesidad económica inmediata de quienes dependen del ingreso diario.

La postal que dejó el paro no fue únicamente la de estaciones vacías o calles con menos circulación, sino la de trabajadores reorganizando su vida en tiempo real para sostener sus ingresos. Entre transbordos improvisados, gastos inesperados y horarios inciertos, el esfuerzo por llegar al trabajo se convirtió en una muestra concreta del delicado equilibrio económico que atraviesa gran parte de la sociedad.

Opinión pública

La jornada evidenció una transformación silenciosa en el mundo laboral: cada vez más trabajadores priorizan asegurar su ingreso diario aun en contextos de conflictividad gremial. El fenómeno no necesariamente refleja una postura política, sino una señal económica clara: cuando el margen financiero se reduce, la capacidad de adherir a medidas de fuerza también se vuelve limitada.

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