TAPA DEL DÍA Pergamino despide a uno de sus grandes referentes culturales. Este viernes falleció Jorge Sharry, actor, director teatral, docente, periodista, amigo y poeta, a los 72 años. Su partida provoca una profunda conmoción en el ámbito artístico y educativo de la ciudad, donde durante más de medio siglo fue sinónimo de compromiso con el teatro independiente y de una manera sensible y humana de entender el arte. Con una trayectoria de 58 años ininterrumpidos sobre las tablas y más de 70 obras en su recorrido, Sharry no solo construyó una carrera artística notable, sino que también dejó una marca indeleble en quienes compartieron con él escenarios, aulas y proyectos culturales. Para muchos, fue maestro; para otros, compañero; para todos, una presencia cálida y generosa. El teatro como forma de vida Desde muy joven supo cuál sería su destino. “Nunca quise ser otra cosa que actor”, solía decir al recordar sus comienzos a los 14 años, cuando ingresó a la Escuela de Teatro impulsado por su madre, Susana López Gorrini. Allí encontró el universo que definiría su vida y a los maestros que moldearon su mirada artística. Formado junto a referentes como Rubén Albarracín, Ana D'Anna y Francisco Runco, entre muchos otros, desarrolló una concepción del teatro profundamente ligada al encuentro humano. Para Sharry, actuar no era solo interpretar: era compartir, escuchar y construir sentido colectivo. En 1970 fundó el grupo Juventud de Teatro junto a otros jóvenes pergaminenses, iniciativa que marcó un antes y un después en la escena local. Durante más de dos décadas, el espacio atravesó contextos complejos del país sosteniendo el teatro nacional y ofreciendo producciones que consolidaron uno de los períodos más fértiles de la cultura pergaminense. Un legado que excede el escenario Su vocación artística convivió siempre con la docencia y el periodismo. Como maestro de teatro formó a generaciones enteras de actores y actrices, transmitiendo no solo técnica sino valores: respeto, compromiso y sensibilidad. También dejó su huella en el periodismo cultural, especialmente durante su paso por el diario LA OPINION, donde desarrolló una etapa que recordaba con especial afecto. Allí compartió redacción con colegas a quienes consideraba parte fundamental de su crecimiento profesional y humano. Quienes trabajaron a su lado coinciden en una característica que lo definía por encima de cualquier reconocimiento: su calidad humana. Dueño de una palabra justa y de una empatía poco común, entendía el arte como un puente entre las personas. Una despedida consciente En 2024 decidió despedirse de los escenarios con “Ya soñado”, una obra íntima basada en sus memorias y dirigida por su hija María José. El espectáculo recorrió momentos esenciales de su vida y se transformó en una síntesis emocional de su recorrido artístico y personal. La relación con su hija —actriz y directora— fue uno de los vínculos más significativos de su vida. La definía como su compañera de ruta y la mirada renovadora que acompañaba cada nuevo proyecto creativo. Ese mismo año recibió un reconocimiento a su trayectoria en la Fiesta Regional del Teatro Independiente, distinción que celebró una carrera sostenida por la coherencia, la pasión y el trabajo constante. Una historia atravesada por la memoria y los afectos Su historia personal estuvo profundamente ligada a la familia y a los recuerdos que marcaron su sensibilidad artística. Solía evocar con emoción a sus abuelos inmigrantes y el viaje que realizó años después al pueblo italiano de sus raíces, experiencia que describía como un acto íntimo de reparación emocional. Esa sensibilidad atravesó toda su obra. Cada personaje, cada puesta y cada proyecto reflejaban una mirada humana del mundo, donde el arte aparecía como refugio y también como herramienta para comprender la vida. El aplauso que no termina En 2018, cuando celebró 50 años ininterrumpidos con el teatro, Pergamino le rindió uno de los homenajes más emotivos en la Casa de la Cultura. Aquella jornada sintetizó lo que su trayectoria representaba: perseverancia, pasión y amor por la expresión artística. Hoy, su ausencia deja un vacío difícil de llenar, pero también un legado vivo. Permanece en cada actor formado bajo su guía, en cada escenario que ayudó a sostener y en cada aplauso que aún resuena en la memoria colectiva de la ciudad. Jorge Sharry se fue físicamente, pero su obra continúa. Porque hay artistas que pasan por los escenarios y otros que logran algo más profundo: transformar la vida de quienes los rodean. Una huella que interpela al presente En tiempos atravesados por la inmediatez y la velocidad, la figura de Sharry recuerda el valor de la cultura construida con paciencia, compromiso y vocación colectiva. Su historia deja una pregunta abierta para la comunidad: qué lugar ocupa hoy el arte como espacio de encuentro y de humanidad. Tal vez ese sea su último mensaje, silencioso pero vigente, invitando a defender la cultura como una forma de cuidar el alma social. TAPA DEL DÍA